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Triste final de una victima del miedo

Uno. Dos. Tres. Ya iban cuatro veces en las que me había fijado si eso estaba verdaderamente a los pies de mi cama. Me había asegurado y recontra-asegurado de que allí no se encontraba nada ni nadie, que podía dormir tranquila. Pero notaba que, de todas formas, el miedo no me abandonaba.

Miré atrás mío, lo que entonces me propuse que fuera una última vez. Absolutamente nada. En unos minutos superé mi paranoia y me adentré en el dulce mundo puramente imaginado por nuestras mentes, que son los sueños.

Un lugar totalmente blanco, seguido de un escenario en el que se ubicaba el mar. Mi hermano estaba allí, y también una amiga mía, Carla, y un amigo de él, Juan. Pronto entendí que no estábamos allí para cualquier cosa, ya que llevábamos trajes de buzos.

Mi hermano se tiró de espaldas al mar, seguido de mi amiga. Luego yo ingresé a esas tranquilas aguas y el amigo de mi hermano continuó. Nadábamos, explorábamos ese territorio marino, disfrutando de ver los peces, la vegetación propia, el paisaje; pero, por sobre todo, la tranquilidad. Un tirón de mis pies me hizo girarme para ver a Carla. En ese momento en el que me giré sentí otro tirón y algo, posiblemente fino y metálico, se oyó cerca.

A continuación sentí esa cosa acercarse, y ya no sabía si sentía eso en sueños o era real. No me atrevía a abrir los ojos. Grave error. Sentí por fin esa cosa metálica y un dolor terriblemente horrible. Se asemejaba al dolor que se está a punto de sentir al cortarse las venas con un cuchillo de hoja muy fina, nada más que esta vez no era mi mano, sino mi tendón. Desperté. A los pies de mi cama vi esa cara que no me resultaba nada familiar, pero que estaba esperando ver. Lo que yo había calificado antes como eso, se trataba de una ella.

Ella era una señora muy mayor, de aspecto arrugado (sobre todo sus manos) y un revuelto, despeinado y canoso cabello.

Nunca sentí tanto miedo. Al principio no lo podía creer, pero ese terror se había convertido finalmente en realidad. Había alguien a los pies de mi cama, dispuesta a cortarme los míos.

Yo la miraba atemorizada y ella me miraba como un bebé que mira un delicioso dulce. Yo estaba casi inmóvil de la impresión, el temor por ella y por el dolor. Esto le dio paso para reanudar su tarea. Vi como un hilo pasaba por encima de mis talones y no podía hacer nada. Estaba demasiado sorprendida.

No sé qué le pasó por la cabeza, pero en un rápido movimiento golpeó mi nuca, dejándome casi inconsciente. Sentí cómo empezaba a escuchar zumbar mis oídos, y a ver algo nublado. Eso me hizo salir de la impresión y querer gritar, pero me di cuenta de que no podía. Es maldita bruja si que sabía cómo callar a sus víctimas.

Unos momentos sentí mucho dolor, y algo que recorría mis talones hacia la punta de los pies. Tenía que ser sangre. Ese pensamiento me trajo nauseas que acabaron por hacerme vomitar en mi propia cama. Inmediatamente entré, rendida, al dulce mundo de los sueños. Lo que nunca imaginé fue que nunca más fuera a volver de él hacia la realidad. Tenía en claro que después de eso, yo moriría desangrada.

---*---

Samantha había muerto ese mismo día, pero no por falta de sangre, como ella creía, sino a consecuencia de un infarto. Extrañísimo a su edad, pero real. Quienes han investigado su caso, Dr. Experto en Psicología Mariano Schaffer y Lic. en Psiquiatría Román Gómez, han llegado a la conclusión que "Sami", como habían respondido múltiples veces sus padres, había muerto en sueños, a partir de algún momento impresionante.

La mañana en que murió, se la encontró en su cama, con los ojos abiertos a más no poder y marcas de dedos en sus pies. Sus padres habían dormido mal esa noche, al igual que su hermano, debido a que la joven se movía mucho cuando dormía. Enseguida, después de ver el estado de su hija, Rodrigo Richter había ido corriendo hacia el teléfono, para llamar a una ambulancia urgente. Santiago Richter, quien en sus 22 años estaba cursando la facultad de Medicina, revisó si su hermana todavía mostraba algún signo de vitalidad. Llegó a la conclusión que ella todavía respiraba.

Apenas llegaron los ayudantes de los doctores que atendían en el hospital se dieron cuenta de que Samantha había dejado de demostrar que respiraba y se preguntaron si realmente dejó de hacerlo en ese momento o habría sido antes. Efectivamente, era todo imaginación de su desesperado hermano. El pobre Santiago se culpaba de no haber ido a la habitación de su hermana cuando creyó escuchar que esta lloraba.

Los Sres. Schaffer y Gómez investigaron por 7 años las causas de la muerte de Samantha, pero llegaron no llegaron a nada definitivo, sino a meras teorías:

○Samantha murió de un infarto, eso era seguro.
○El infarto había sido causado por algo impresionante.
○Esto había ocurrido mientras dormía.

Y con esta investigación, había un par de notas al pie de la página. Entre todas había una que sobresalía y que años después, Lautaro Matulich, encontró como la verdadera causa de la muerte de quien llamó "Paciente R". Eso significaba que había habido más pacientes con el mismo final, entre los que se ubicaba su madre.

Todos tenían algo en común: su fobia los había matado.

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