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Tenías que aparecer

Llegué a obsesionarme con la idea de tener su cabeza en una bandeja, sus sesos en varias copas, sus intestinos en platos de postre, sus manos, sus pies, y otros miembros en frascos con almíbar y vinagre. Todo de plata, por supuesto, algo que hiciera relucir su sangre y que fuera fácil de lavar. Incluso podría haber hecho mandar a hacerles grabar el nombre de cada trozo corporal en cada tarrito.

Ya tenía elegido el lugar en el que pondría sus ojos, parte que yo considero muy importante para entender sus actos (empezando por el hecho de que es la parte fundamental para comprender su rostro). Me daba pena tener que disfrutar un sólo bocado de cada uno, por lo tanto era impensable dejarlos para la cena. Mi conciencia también me prohibió tirarlos a la basura, así que la que consideré "la mejor opción" fue dejarlos en un frasquito, cada ojo en su respectiva jaula transparente, cubiertos de resina. Ambos dos frascos irían tanto en la mesita de luz a la derecha o izquierda de la cama.

Sin dudarlo, consideraba enfermizo tener a toda hora el pensamiento de que podía llegar a estar muerto mientras no estuviera a mi lado; pero, ¿qué persona en su sano juicio confesaría que quería ver a la luz de sus ojos siendo comida para gusanos? En definitiva yo, por eso estoy ahora aquí, ¿no? Porque no aguanté con la angustia de tener que cargar con este deseo de muerte. Anteayer incluso dejé preparados los cuchillos para acabar con el problema durante la merienda. Es una lástima, porque se veía tan lindo comiendo sus tostadas con mermelada. Tuve que dejar el cuchillo en la cocina e ir a tomarle una foto.

Lo sé, soy una asesina patética, pero... ¡Es su culpa por ser una víctima lamentable!

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Me juntó todas las piezas. Me movió todo lo que tenía ordenado. Me ordenó todo lo que tenía caótico. Odié. Pero amé. Y amé inconmensurablemente, como no recordaba que podía hacer. Volví a mi hogar, al árbol del cual caí. Robusto como el roble, maleable como el sauce. Sabio como ninguno, incansable como pocos, mágico como ella sola. Sus palabras pueden ser violentas como el agua de la tormenta, pero su abrazo está lleno de fuego. Sus brasas tienen un encanto ora voluptuoso, ora maternal. Me ata de manos. Me da alas. Me agarra de la mano para cruzar la calle. Me ama.

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