Las conté y me daría mucha vergüenza confesarlo, ya son muchas más de las que tenía planeado. Por suerte van a tener que colgarme de un piecito antes de que diga que ya van más de 41 veces este año. Aún más, van a tener que picarme con un palito la palma de la Srita. Derecha antes de que admita que todavía tengo planeado que no se acabe la numeración. A serte sincera, me parece totalmente lamentable siquiera pensar en que en algún momento llegarán a ser 42 acuosos parpadeos sin visualizarte.
Me juntó todas las piezas. Me movió todo lo que tenía ordenado. Me ordenó todo lo que tenía caótico. Odié. Pero amé. Y amé inconmensurablemente, como no recordaba que podía hacer. Volví a mi hogar, al árbol del cual caí. Robusto como el roble, maleable como el sauce. Sabio como ninguno, incansable como pocos, mágico como ella sola. Sus palabras pueden ser violentas como el agua de la tormenta, pero su abrazo está lleno de fuego. Sus brasas tienen un encanto ora voluptuoso, ora maternal. Me ata de manos. Me da alas. Me agarra de la mano para cruzar la calle. Me ama.
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