Uno no lo quiere, uno no lo provoca, uno no lo ve; y no ver algo significa que no quiere verlo, que algo dentro suyo elige ignorarlo. Cuando uno empieza a dudar, a intuir, es ese el momento en el que ocurren los planteos. Y no una y otra vez, de una vez y por todas las que vendrían. Pensar una y otra vez es arriesgarse al costumbrismo. En algún momento se tiene que enfrentar: si un planteo se vuelve costumbre entonces definitivamente algo no está siendo solucionado.
Me juntó todas las piezas. Me movió todo lo que tenía ordenado. Me ordenó todo lo que tenía caótico. Odié. Pero amé. Y amé inconmensurablemente, como no recordaba que podía hacer. Volví a mi hogar, al árbol del cual caí. Robusto como el roble, maleable como el sauce. Sabio como ninguno, incansable como pocos, mágico como ella sola. Sus palabras pueden ser violentas como el agua de la tormenta, pero su abrazo está lleno de fuego. Sus brasas tienen un encanto ora voluptuoso, ora maternal. Me ata de manos. Me da alas. Me agarra de la mano para cruzar la calle. Me ama.
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