Hubo un momento en el que dejamos de compartir la cama, no compartíamos más la comida. El espacio que cada uno ocupaba estaba a años luz del otro. Entonces fue cuando dejamos de compartir fantasías, porque eran tontas y no llevaban a nada. Básicamente fue ese momento en el que desmintió toda mi existencia.
Me juntó todas las piezas. Me movió todo lo que tenía ordenado. Me ordenó todo lo que tenía caótico. Odié. Pero amé. Y amé inconmensurablemente, como no recordaba que podía hacer. Volví a mi hogar, al árbol del cual caí. Robusto como el roble, maleable como el sauce. Sabio como ninguno, incansable como pocos, mágico como ella sola. Sus palabras pueden ser violentas como el agua de la tormenta, pero su abrazo está lleno de fuego. Sus brasas tienen un encanto ora voluptuoso, ora maternal. Me ata de manos. Me da alas. Me agarra de la mano para cruzar la calle. Me ama.
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