Hay una bomba en mi cabeza a punto de detonar por el roce de mis párpados de fuego. Reaviva la llama los gemidos frenéticos, un soplo que anima. No sé si es sólo la llama o también la bomba que va creciendo sin pausa. Tiembla, o bien late. Siento la sangre como si estuviera en una calesita, dando vueltas por todos lados a la vez. Amenaza con matarlos a todos.
Me juntó todas las piezas. Me movió todo lo que tenía ordenado. Me ordenó todo lo que tenía caótico. Odié. Pero amé. Y amé inconmensurablemente, como no recordaba que podía hacer. Volví a mi hogar, al árbol del cual caí. Robusto como el roble, maleable como el sauce. Sabio como ninguno, incansable como pocos, mágico como ella sola. Sus palabras pueden ser violentas como el agua de la tormenta, pero su abrazo está lleno de fuego. Sus brasas tienen un encanto ora voluptuoso, ora maternal. Me ata de manos. Me da alas. Me agarra de la mano para cruzar la calle. Me ama.
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